Rectificar es de sabios.
Loco, incoherente y sumamente incorrecto en mi anterior artículo.
Esas son las calificaciones que me gané de mi profesor de filosofía al enseñarle la anterior entrada “El perdón se gana”, y es que el bloque en el que nos encontramos en su clase; “La dimensión moral del ser humano” venía al caso y es por esto en el que me animé a enseñar el artículo al profesor y a proponer mi punto de vista en clase sobre el asunto.
No le ocupó mucho tiempo en contradecirme y, al final, convencerme sobre este asunto, teniendo en cuenta que mi cabezonería no es poca.
El artículo hablaba de la imposición de la cadena perpetua en España, algo que se dice pronto.
Con asombro leyó el texto que le enseñé y me escuchó en todos mis argumentos para defender este, pero mi pobre teoría se desfragmentó rápidamente, un cuarto de hora exacto.
Me dio un pequeño discurso, que explícitamente me dio a entender que si consideramos que el rasgo distintivo de los seres humanos es la racionalidad, la moral dependerá prácticamente de la razón. Es decir, los conceptos del bien y del mal pueden conocerse y este conocimiento es la clave para la conducta moral. Mi profesor, que desde luego está de acuerdo con el racionalismo moral que defendieron Platón y Sócrates, dijo que en la convicción del que el bien puede ser conocido hace que hagamos uso de este, y quien actúa mal es porque en el fondo no sabe lo que hace.
Desde luego, yo sigo discrepando en esta última frase ya que, a mi parecer, hay personas que aún conociendo ambos extremos se decantan por el mal, ya sea por satisfacción propia, egoísmo o simplemente porque es lo más fácil.
Alejándonos del ambiente filosófico, intentaré situar esta teoría en un ámbito más cotidiano, esta teoría de grandes precursores como los antes mencionados, viene a decir lo siguiente:
Una persona que crece rodeada de prejuicios que la perjudican y se desarrolla en un ambiente inestable, estará destinada, por su falta de conocimiento del bien, a cometer el mal. Un ejemplo más específico sería el de un niño que crece en un barrio marginado, que ve a su padre consumir cualquier tipo de droga como algo normal, que por diversos motivos no recibe la educación necesaria, que ve como en su casa hay violencia de género, en su barrio hay asesinatos y estos asesinos son respetados, ese niño tendrá el mismo futuro que el de su familia: negro e imprevisible. Ese niño que difícilmente entenderá el auténtico concepto del bien, verá como algo normal es cometer delitos.
Es por esto, por lo que mi profesor dice, con toda la razón del mundo, que el problema no son los años de condena, si no lo que realiza el preso en esos años. Si en las cárceles hubiera un buen sistema educativo (teniendo en cuenta que antes que nada deberíamos tenerlo en las aulas), si los presos se agruparan según sus delitos, y si en estas enseñaran el concepto del bien, esa persona podríamos decir que sin duda alguna sería rehabilitada.
El problema es la gran abundancia de presos, la falta de personal y el poco presupuesto que se destina a las cárceles. Si a esto sumamos los prejuicios de la sociedad y la búsqueda de la seguridad, aunque sea mera ficción, ciudadana, hacen imposible el buen funcionamiento de las cárceles, y una persona que roba por necesidad, se ve condenada el resto de su vida ha tener en su ya de por sí pobre currículum la palabra “Expresidiario” y por supuesto, su próximo delito será más grave que un simple robo.
Somos nosotros los que tenemos que romper esos prejuicios que no benefician a nadie y apostar en la segura rehabilitación que tendrían la mayoría de los presos si les ayudásemos. Lo malo es que esos prejuicios tan arraigados a esta nuestra sociedad están agarrados al suelo con profundas raíces y todavía habrá gente que piense que mientras las cárceles estén más llenas y los años de condena aumenten habrá una mayor seguridad ciudadana, y al igual que yo anteriormente, se equivocan.

